martes, 6 de enero de 2015

¿Por que Hay conejos para acariciar y otros para Comer? (Laura)

Desde pequeña no conseguía entender por qué se respetaba la vida de unos animales y no de otros, por qué se veía con distintos ojos la vida de un perro que la de un cerdo o un ternero. Por qué había conejos para acariciar y otros colgaban del mostrador del carnicero. Fui creciendo y mis preguntas se tornaban cada vez más difícil de responder para mi pobre madre y mis abuelos, que eran los que realmente peleaban conmigo en el día. Esperé, me documenté, discutí con varios médicos y finalmente llegaron los 16 años. Era la edad a partir de la cual y por consenso en casa podría decidir. Tardé unos meses en pensarlo. Con navidades de por medio la cosa se complicaba, así que esperé hasta el 7 de enero para comenzar. De un día para otro, porque las cosas así me cuestan menos, la verdad.
La reacción de mi familia pasó por la típica incredulidad (‘Ya se le pasará’, ‘Si no le gustan las verduras, ¿qué va a comer?’), hasta la reflexión de mi abuelo Clemente, que me dijo que él sabía que lo haría. Y allí estuvo él, con más de 70 años, explicándole a la gente que no era tan complicado, que no comía tan diferente a ellos y señalando en cada bar o restaurante que íbamos que el sándwich vegetal no se puede considerar tal si lleva jamón york o atún.
Después, con el tiempo, fui topándome con amigos de la infancia que también habían dejado de comer cadáveres, con gente que nunca se lo había planteado pero que ahora comía muy poca carne o al menos de granja, e incluso con un ex novio gallego que decidió volverse vegetariano después de ver que no era tan complicado. ¿Sabéis de algún lugar más difícil para ser vegetariano en España que Galicia? ¡Todo lleva unto!
Y ahora estamos en la actualidad, con 29 años, a punto de llevar el mismo tiempo siendo vegetariana como de no serlo. Reduciendo al máximo el consumo de huevos, lácteos y miel, siendo muy activa en la protección de los animales y planeando una boda –vegetariana/vegana, claro está- con aquel gallego que tuvo que discutir un poco con sus abuelas granjeras pero que ahora es feliz respetando la vida de los demás.

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